lunes, 8 de agosto de 2016
CIUDAD EDUCATIVA:
DE UNA SOCIEDAD CON SISTEMA EDUCATIVO
A UNA SOCIEDAD DE SABERES COMPARTIDOS
Mirar la actual situación de la escuela –del modelo escolar de educación–
desde dentro y hablar sin ira de todo lo que en la sociedad del conocimiento
cuestiona y replantea su desencantado atascamiento es algo muy difícil de
encontrar hoy en la apocalíptica irritación con la que funcionarios y expertos
nos aturden. Pero la paradoja es que lo que más cunde es una tramposa
instrumentalización de las “nuevas tecnologías” para tapar con ruido y brillo
digital la hondura de la crisis que atraviesan las relaciones de la escuela
con su sociedad, o el altivo desprecio con que se identifica la mutación
tecnocultural del mundo que habitamos con la más fatal de las decadencias de
Occidente. Lo que no puede comprenderse desde ahí es la inscripción en las
vidas adolescentes de los cambios que hoy viven los lenguajes, las escrituras
y las narrativas en que se dicen y cuentan, se cantan y escriben los miedos
y desazones, las incertidumbres y búsquedas, las hondas transformaciones
que el propio tejido de nuestras sociedades atraviesa hoy. Pues medios y
tecnologías son para los más jóvenes lugares de un desarrollo personal que,
por ambiguo y hasta contradictorio que sea, lo han convertido en su modo
de estar juntos y de expresarse. Entonces, devolver a la gente joven espacios
en los cuales puedan manifestarse estimulando prácticas de ciudadanía es el
único modo en que una institución educativa, cada vez más pobre en recursos
simbólicos y económicos, pueda reconstruir su capacidad de socialización.
Y desalambrar los territorios y las disciplinas, los tiempos y los discursos,
es la condición para poner a compartir, y fecundarse mutuamente, todos los
saberes, los de la información, el conocimiento y la experiencia de la gente;
y también las culturas con todos sus lenguajes, orales y visuales, sonoros y
escriturales, analógicos y digitales.
CAMBIOS QUE DES-UBICAN A LA ESCUELA
El fondo de la crisis que padece el sistema escolar en Latinoamérica
se halla en un cambio que ni nuestros gobiernos ni nuestros expertos
pedagogos parecieran percibir: que la educación ya no es pensable desde
un modelo de comunicación escolar que se halla rebasado tanto espacial
como temporalmente por procesos de formación correspondientes a una era
informacional en la que “la edad para aprender es todas”, y el lugar donde
estudiar puede ser cualquiera: una fábrica, un ancianato, una empresa,
un hospital, los grandes y los pequeños medios y especialmente Internet.
Estamos pasando de una sociedad con sistema educativo a una sociedad del
conocimiento y aprendizaje continuo, esto es una sociedad cuya dimensión
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educativa lo atraviesa todo: el trabajo y el ocio, la oficina y el hogar, la salud
y la vejez. Y si ese cambio de fondo no es percibido ni asumido por nuestras
enésimas e inerciales reformas educativas ello condena nuestro sistema escolar
a una creciente esquizofrenia con su propia sociedad. Y así lo que antaño fue
un ámbito de socialización densa se ha ido convirtiendo en un espacio cada
vez más dedicado a la administración de saberes, esos que ahora los expertos
de los ministerios pretenden “modernizar” llamándolos competencias, como
si con esa palabra mágica se pudieran conjurar los complejos males que
aquejan a la educación, y cuando lo que en verdad están logrando es desocializarla
aún más al tratar a toda costa (y costo) de estandarizar su calidad,
abaratándola al someterla sofisticada pero torpemente a los parámetros
provenientes de la reingeniería de la administración y la competitividad
entre las empresas. Con lo que la hegemonía que la escuela compartía sólo
con la familia en la socialización y la transmisión de saberes se está viendo
aceleradamente devaluada y pervertida.
Pero si la escuela y la familia ven erosionada su capacidad educadora y su
autoridad no es sólo por su incapacidad de hacerse cargo de las nuevas tareas
que la sociedad les está reclamando sino también por la des-ubicación en que les
coloca la crisis que atraviesan todas las grandes instituciones de la modernidad:
desde el trabajo a la política pasando por la ciudad. Y que tienen una de sus
más complejas y paradójicas visibilidades en la experiencia cultural de los más
jóvenes, esa que como señalara M. Mead, no cabe en la secuencia lineal de la
palabra impresa (1), mientras encuentra cabida en las nuevas imágenes y rituales
tecnocomunicativos a los que se conecta su sensibilidad, esa que ni la familia ni
la escuela son capaces de descifrar para hacerse cargo de ella. Y es por eso que el
simulacro –sobre el que, con tanta lucidez como ironía, escribiera P. Bourdieu (2)–
ya no le sirve a la escuela para hacer que los maestros hagan como que enseñan a
unos alumnos que hacen como que aprenden, pues eso ya no funciona sino que
por el contrario ha comenzado a estallar estruendosa y violentamente. Y no por
causa de los maestros o de los alumnos sino por la existencia de un ecosistema
comunicativo que, al catalizar a las sinergias entre la pérdida de vitalidad de las
grandes instituciones modernas y el surgimiento de otras formas de pertenencia y
sociabilidad, es el sistema educativo el que resulta incapaz de conectarse a todo lo
que los alumnos deben dejar fuera para estar-en-la-escuela: su cuerpo y su alma,
sus sensibilidades y gustos, sus incertidumbres y rabias.
Un segundo cambio está afectando tambien al desfondamiento del sistema
escolar: sus cada vez mayores dificultades para articular las tres dimensiones
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que tensionan más fuertemente la educación. Primera, aquella que vincula a la
educación con la cultura, que es la que ya H. Arendt (3) colocó en el centro de
la renovación educativo/cultural de la posguerra: la transmisión de la herencia
cultural entre generaciones, la conversación de los jóvenes con la herencia
cultural acumulada a lo largo, al menos, de veinticinco siglos. Segunda, la
definida como capacitación, esto es la formación en capacidades, destrezas
y que posibiliten a los alumnos su inserción activa en el campo laboral y
profesional, dimensión que, aunque es la única reclamada como central por
las agencias del mercado, no por eso deja de ser la otra clave de la educación,
aunque ésta deba ser radicalmente reorientada en su sentido y sus alcances
para que esa capacitación sea compatible con la anterior y con la tercera: que
es la dimensión más delicada y necesaria hoy, la formación de ciudadanos, esto
es de personas capaces de pensar con su cabeza y participar activamente en la
construcción de una sociedad justa y democrática.
El tercer cambio, que profundiza la crisis del sistema educativo, es la
devaluación creciente de la escuela pública (4). Ella se ha convertido en el
barómetro más fiel del modelo de Estado que se están dado nuestros países.
Pues apremiado por las directrices neoliberales el Estado se halla dedicado a
la gestión de los conflictos sociales controlando los riesgos de la explosividad
social que produce la propia globalización neoliberal, no pudiendo entonces
proyectar mínimamente la educación desde una política estratégica, esto es,
de largo plazo. Lo que está convirtiendo a la educación en algo que ha pasado
a pertenecer al rango de las “cargas” que debe sobrellevar el Estado y no al de
su inversión social. La contradicción entre el papel estratégico de la educación
en la sociedad infomacional y el tratamiento que la escuela pública –de la
primaria a la universidad– recibe actualmente en América Latina no hace sino
agravar la desestabilización de las instituciones democráticas, amenazando la
viabilidad misma de nuestros países como naciones. Pues la escuela pública es
en nuestros países el espacio de encuentro de las trayectorias socioculturales
de las mayorías, y por lo tanto es en ella donde se produce la más ancha
y permanente transformación de la cotidianidad social y cultural cuyos
protagonistas son los mayoritariamente excluidos. Y de ahí también que esa
escuela pueda y deba ser el lugar más abierto del desarrollo de la inteligencia
colectiva y las biografías educativas.
F. Savater ha escandalizado fuertemente al mundillo académico de la
pedagogía con su libertario modo de cuestionar la educación, esto es, de
interrogarla y ponerla en cuestión, preguntándose: “¿Qué es lo que en
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últimas pone la educación en juego hoy: la defensa del modelo humanista
que se conserva en el gabinete del bibliófilo contra el estruendo y la furia del
espectáculo audiovisual, o la reinvención de lo humano, de su socialidad?” Y
ante la constatación de que el modelo humanista de educación basado en la
lectura de libros se ha desfasado gravemente de los miedos, las angustias y
los sueños que hoy tenemos –a pesar de la cantidad y variedad de reformas
curriculares–, y de que de ese desfase no lo saca tampoco la multiplicación
de las ayudas audiovisuales y las conexiones a Internet, Savater plantea
esta tajante propuesta: “Ni los libros, por buenos que sean, ni las películas
ni la telepatía mecánica, sino el semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo
a la devoradora curiosidad juvenil: ésa es la educación humanista, la que
desentraña críticamente en cada mediación escolar (libro, filmación,
herramienta comunicativa) lo bueno que hay en lo malo y lo malo que se
oculta en lo más excelso. Porque el humanismo no se lee ni se aprende de
memoria, sino que se contagia. Y sea como fuere, los libros ni tienen la culpa
ni son la solución”
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